Érase una vez un pueblo serrano, ni muy grande, ni muy pequeño, que en cinco años se había convertido en el pueblo más megachupichachirequeteguay de toda la provincia porque allí pasaban cosas muy importantes y necesarias para sus habitantes; y todos los medios y las teles hablaban de ese pueblo, y sus gobernantes estaban muy contentos porque les gustaba mucho, mucho, salir en la tele y en los periódicos, y no paraban de inventarse cosas y tener grandes ideas para que se hablara mucho de ellos.

En este pueblo tan chupiguay, los coches se amontonaban en las calles y carreteras, los bebés daban botes en sus cochecitos porque no cabían en las estrechas aceras y los ciclistas se despistaban porque los carriles bici a veces estaban y a veces no. Pero los gobernantes no solucionaban estos problemas porque tenían cosas más importantes que hacer y empleaban el dinero en colorear el pueblo y llenarlo todo de rayas y círculos de colorines para que los habitantes fueran muy felices.

Y ocurrió que, viendo que el principal problema que existía en el pueblo del Arco Iris, era la caca de los perros, los gobernantes se pusieron a pensar y pensar y decidieron gastar mucho dinero en conseguir que en el pueblo más chupiguay desaparecieran de una vez y para siempre las cacas de los perros.

Y así, aparecieron por todos lados imágenes de mayordomos enguantados que servían el té en vajilla de plata, y señoras cursis y estiradas enjoyadas hasta las cejas; pero todos tenían cara de perro y solicitaban a las personas del pueblo más guay del universo que fueran educadas, y las personas pensaban que si para ser educado había que tener una tetera de plata y un brazalete de diamantes. Y esto creaba una cierta confusión porque no se entendía muy bien qué tenía que ver ser educado con ser cursi, o rico, o estirado, porque en este pueblo, las personas podían ser muy educadas y respetuosas, a pesar de no tener mayordomo.

Y entonces, un buen día, los gobernantes decidieron que no era suficiente con las fotos, que tenían que hacer algo grandioso, espectacular, magnífico, escalofriante. Algo que diera que hablar, que saliera en los periódicos, en las teles. Y, después de serios debates, sesudas reflexiones y noches en vela, lo consiguieron: hicieron LA GRAN CAGADA. Colocaron una mierda enorme y carísima en mitad de la plaza del pueblo. Y las gentes del pueblo, cívicas y concienciadas ante el grave problema, decidieron que esa caca enorme, la gran cagada que los gobernantes habían dejado en la vía pública, a pesar de la campaña que ellos mismo hicieron, no podía permanecer en su pueblo ni un día más. Y una noche, cuando los agotados gobernantes dormían, se la llevaron. Porque eso era lo que había que hacer: quitar la mierda.

Y una mierda era lo que los gobernantes habían hecho. Una mierda enorme.

[Imágen: Excremento gigante en Torrelodones / Cadena SER]