Me gusta la lectura, me gusta la literatura y tengo sobre mi mesa sendos ejemplares de la Ortografía y la Gramática de la lengua española editados por las academias de la lengua española. Y siempre he pensado que las palabras dicen mucho más de lo que podamos pensar en un primer momento: transmiten un mensaje pero también una forma de ver el mundo.

 

Ayer, lo confieso, vi parte (podría decir todo, porque su orden del día no iba precisamente cargadito) del pleno de la corporación municipal de Torrelodones. Y me llamó la atención que la alcaldesa (¿alcalda según algunos neogramáticos?) sostuviera sin arrobo que todo se puede someter a debate, incluso los ruegos y preguntas. Tras de la aparente apuesta por la democracia deliberativa se esconde, como tantas otras veces, su palmaria negación, pues mal se puede debatir aquello que no se ha preparado con tal objeto; repentizar no es lo mismo que dialogar, en particular cuando lo hacen los representantes políticos. Sea como fuere, ahí quedó la perla. Como tantas otras, pues replica no admite ni recibe la tal señora.

 

Lo que de verdad me sorprendió es que cuando la representante de Confluencia presentó una solicitud de transparencia (la misma, por cierto, que parece haber prosperado en otros municipios de la corona urbana de Madrid), la tal señora impetró la diligencia de los portavoces de los grupos municipales que, conminados por la tal señora, algo acertaron a balbucear. Tras lo cual la tal se arremangó y vino a decir: “Os vais a enterar”.

 

No pude oír su discurso íntegramente, porque mi médico me tiene prohibidas tanto la casquería como la chabacanería. Lo que sí acerté a oírle proferir a la que parece ser portavoz de su grupo municipal, al par que alcaldesa, fue un “punto pelota” que me sobrecogió (según nos dice la Fundación del Español —esa lengua que la tal señora comparte con Puigdemont y Torra—  en respuesta a una pregunta sobre “punto y pelota”, “La expresión es punto pelota y lo único que significa es ‘hasta aquí hemos llegado’, ‘no hay más que hablar’, etc.)  La expresión me llamó la atención por dos motivos: (a) no es muy lógico expectorarla —debe de ser el verbo que más se adecua a la paráfrasis de marras— como proemio de un discurso, si no hay más que hablar, ¿cómo es posible seguir hablando?, ¿quiere decir quien la expectora que cuanto sigue carece por entero de valor? y (b) porque es la antítesis de la voluntad de diálogo que habría querido manifestar (noté como le salían algunos granos, confío en las bondades de las cremas que se puedan conseguir en las proximidades del palacio municipal) anteriormente. De hecho, diálogo no hubo pues la tal señor no permitió hablar a nadie más; hasta ahí podíamos llegar, el micrófono es mío y no voy a permitir que nadie lo ensucie.

 

Creí oírle decir a la tal señora que su CV proviene de 2011, o antes, y que como no era académico, no se había actualizado. Este es el CV:

 

Estudió Derecho en la Universidad Autónoma de Madrid y cursó el Máster en Informática y Derecho de la Complutense. Recientemente ha concluído el XI Programa de Liderazgo para la Gestión Pública de IESE Bussines School (2014/2015). Trabajó en Páginas Amarillas y en el despacho de Anguiano & Asociados. Colaboró en publicidad, hasta convertir un programa de radio de éxito en una serie para la televisión chilena.

 

Desconozco por completo cómo logró convertir un programa de radio de éxito en una serie —parece ser que de no tanto éxito— de la televisión chilena, como también ignoro en qué consistió su trabajo en las páginas amarillas. Ahora bien, dos incisos de este párrafo, que a buen seguro pasará a la posteridad, merecen un breve comentario: El “estudió Derecho” induce a pensar que concluyó sus estudios, pues no suelen aducirse como méritos los fracasos, pero también porque, si se combina esa actividad discente con el trabajo en un bufete de abogados, en este caso Anguiano & Asociados, el lector tiende a pensar que estamos ante una abogada. Pero lo más importante es que 2014-2015 es posterior a 2011; de modo que, pese a aseverar con contundencia lo contrario, la tal señora sí ha actualizado su currículum. No figura, en conclusión, el rigor entre las innúmeras virtudes que adornan a la alcaldesa

 

No piense el lector que todo fueron decepciones en el visionado del pleno corporativo. Frente a lo que tantos sostienen, pude comprobar el cuidado que se profesa a las mejores tradiciones patrias, con qué primor se respeta la herencia de quienes nos inspiraron e iluminaron a quienes saben guiarnos por la senda de la felicidad suprema. Recuerdo a este respecto, cómo los actos oficiales del franquismo concluyeran con los llamados gritos de rigor (sobre los que con tanta ironía escribieran Juan Benet o Miguel Ángel Aguilar). Tan habituales fueron que devinieron ordinaria voz de rigor, con la que efectivamente se cerró el acto celebrado en el salón de plenos y que en tiempos de la malhadada democracia liberal se llamaba pleno municipal.